🎻 Viena: historia
Del campamento romano al rescate por un rey inglés y dos asedios turcos, hasta una ciudad que queda primera una y otra vez: dos mil años en cinco minutos de lectura.
Viena fue durante seiscientos años la capital de un imperio, y luego ese imperio se le deshizo entre las manos. Quedó una ciudad de dos millones en un país de nueve: un palacio en una parcela demasiado grande.
Ha aprendido a vivir con ello mejor de lo que nadie esperaba.
Vindobona
Empezó como campamento romano a orillas del Danubio, guardando la frontera del imperio, con unos seis mil soldados dentro. Se cuenta que aquí murió en el año 180 el emperador Marco Aurelio; no es seguro, y los historiadores se inclinan más bien por Sirmio, pero Viena se aferra a su versión.
El trazado del campamento se sigue leyendo en las calles del primer distrito. La Naglergasse se quiebra exactamente donde se quebraba la muralla, y quien la recorre está rodeando una esquina de dos mil años.
El rescate por un rey inglés
En 1192 Ricardo Corazón de León volvía de la cruzada, disfrazado y sin escolta. Cerca de Viena lo reconocieron y lo apresaron: el duque Leopoldo tenía cuentas pendientes, porque Ricardo había arrojado antes su estandarte desde las murallas de Acre.
El rescate que Inglaterra pagó por él fue tan enorme que Viena levantó con él nuevas murallas y Austria fundó además una ciudad entera. El rey inglés pagó así, sin querer, las fortificaciones que trescientos años después detuvieron a los turcos.
Sitiada dos veces
En 1529 y de nuevo en 1683 un ejército otomano se plantó ante las murallas. La segunda vez fue por los pelos: la ciudad aguantó dos meses, comió lo que quedaba, y la salvación bajó del Kahlenberg: los ejércitos aliados encabezados por el rey polaco Jan Sobieski.
Viena se llevó de aquello dos cosas. La convicción duradera de ser la última ciudad de Occidente, y un auge constructivo, porque los arrabales habían ardido y hubo que levantarlos de nuevo.
Barroco a crédito
Lo que se construyó después de 1683 es lo que hace que Viena sea Viena. El príncipe Eugenio de Saboya se hizo construir el Belvedere, el emperador Schönbrunn, la nobleza sus palacios en el centro: todo a la vez, en el mismo estilo y de manos de un puñado de los mismos arquitectos.
Schönbrunn, en el primer proyecto, debía superar a Versalles. El presupuesto lo devolvió al suelo y salió algo más útil: un palacio en el que se puede vivir.
Abajo las murallas
En 1857 Francisco José ordenó derribar las murallas. En su lugar nació el Ring, un anillo de cincuenta y siete metros de ancho, y a lo largo de él se levantaron en treinta años la ópera, el parlamento, el ayuntamiento, la universidad y los museos.
Cada edificio tiene un estilo distinto, y es a propósito: el parlamento es griego, porque democracia; el ayuntamiento gótico, porque ciudades libres; la universidad renacentista, porque humanismo. Viena se construyó un manual de arquitectura y vive dentro de él.
Viena hacia 1900
Al cambiar el siglo coincidieron en una misma ciudad Freud, Klimt, Schiele, Mahler, Wittgenstein y Loos. Se veían en los cafés, en general no se soportaban y aun así se influían mutuamente.
El café no era un lujo, sino oficina y salón a la vez. En los pisos de alquiler no había calefacción, así que se estaba allí; un café duraba todo el día y los periódicos eran gratis. La ciudad nunca ha abandonado esa costumbre.
La Viena roja
Después de 1918 los socialdemócratas ganaron la ciudad y convirtieron Viena en un laboratorio social. En quince años construyeron sesenta mil viviendas: el Karl-Marx-Hof mide más de un kilómetro y tenía sus propias lavanderías, guarderías y biblioteca.
Terminó en febrero de 1934, cuando el gobierno mandó artillería contra los bloques obreros. Esos bloques siguen ahí y se vive en ellos. Viena tiene todavía tanta vivienda municipal y cooperativa que en ella vive aproximadamente seis de cada diez vieneses.
Cuatro sectores y una película
Después de 1945 Viena quedó dividida en cuatro sectores de ocupación, y el primer distrito lo administraban los cuatro ejércitos a la vez: una patrulla eran cuatro soldados en un mismo jeep. La ciudad estaba destrozada, en el mercado negro se traficaba con penicilina y había más espías que taxis.
Los británicos sacaron de ahí El tercer hombre, y Viena conserva de aquella época un recuerdo cinematográfico que nunca pidió: una visita guiada por las alcantarillas.
Una ciudad en la que se vive bien
La ocupación terminó en 1955 y desde entonces Viena se ha acostumbrado a ser más pequeña de lo que la construyeron. Aquí está una de las cuatro sedes principales de la ONU, el metro llega a su hora y en los rankings de calidad de vida la ciudad queda primera o segunda con regularidad monótona.
Lo demás también sigue: cafés de los que nadie te echa, el Prater con su noria de 1897 y el Cementerio Central, del que el actor Helmut Qualtinger dijo que es la mitad de grande que Zúrich, pero el doble de divertido.