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🐻 Historia de Berlín

De la ciénaga al cabaré y los escombros, y de ahí a una capital pobre pero sexy: ochocientos años de una ciudad en cinco minutos.

Berlín no tiene catedral del siglo XIII ni una sola calle que nadie haya reconstruido. Tiene otra cosa: es la única capital europea que en un solo siglo logró ser capital de un imperio, de una república, de una dictadura, de dos Estados enemigos a la vez y, al final, otra vez de un solo país.

Ese mérito lo pagó con que casi nada suyo sigue en su sitio original.

La ciénaga que le da nombre

El nombre de Berlín no tiene nada que ver con el oso, aunque la ciudad lo lleve en el escudo y los turistas se fotografíen a su lado. Viene con toda probabilidad de una raíz eslava que significa ciénaga, y quien haya cavado alguna vez cimientos en la arena berlinesa le dará la razón.

Al principio había aquí dos ciudades en las dos orillas del Spree: Cölln, mencionada por primera vez en 1237, y Berlín siete años después. Vivían del pescado, del grano y del peaje del vado. No se unieron hasta el siglo XV y aun mucho después esto era un agujero de provincias que nadie en Europa sabía encontrar en el mapa.

Los Hohenzollern eligen la arena

En 1415 Brandeburgo pasó a manos de los Hohenzollern, que se mantuvieron en el poder quinientos años, hasta 1918. Era un dominio levantado sobre la peor tierra de Alemania, así que tuvo que apostar por lo único que crece en la arena: un ejército y una administración.

En 1701 el príncipe elector de Brandeburgo se hizo coronar rey. No rey de Prusia, a eso no tenía derecho: solo rey en Prusia, un juego de piernas diplomático inventado para que el emperador de Viena no pudiera prohibírselo.

Federico, que tocaba la flauta

Federico II subió al trono en 1740 y ese mismo primer año invadió Silesia, porque le convenía. Pasó el resto de su vida defendiendo lo que había tomado, y en sus ratos libres escribía versos en francés, tocaba la flauta travesera e invitaba a Voltaire, hasta que los dos se pelearon.

Con él Berlín consiguió una ópera, una academia y la costumbre de construir con plano y deprisa.

Una capital a la que le quedó pequeña la ropa

En 1871 Berlín se convirtió en capital de la Alemania unificada y empezó a crecer a un ritmo sin parangón en Europa. Se levantaron barrios enteros de casas de alquiler, las llamadas Mietskasernen, cuarteles de alquiler: patio tras patio, el último tan oscuro que allí no crecía nada.

En 1920 la ciudad se tragó con una sola ley ocho municipios vecinos y más de setenta pueblos. De la noche a la mañana tenía casi cuatro millones de habitantes y era la segunda ciudad de Europa después de Londres.

Los años veinte, cuando no se dormía

La república era pobre, la moneda no valía nada y Berlín se divertía como si eso no importara. Cabarés, clubes, los estudios de cine de Babelsberg, Einstein en la universidad, Brecht en el teatro y más de cien periódicos a la vez.

A esa época se la conoce como los dorados años veinte, aunque en realidad duró apenas seis años: de la estabilización del marco en 1924 al crac de la bolsa de Nueva York en 1929.

Doce años y montañas de escombros

En 1933 todo se acabó de golpe. Berlín se convirtió en capital de un régimen que quería construirse aquí una metrópoli llamada Germania. De ella se llegaron a hacer unos pocos edificios y muchísimos planos.

El resto salió al revés. Al final de la guerra alrededor del cuarenta por ciento de la ciudad estaba en ruinas. Las despejaron mujeres, porque no había hombres; las llamaron Trümmerfrauen y se llevaron los escombros a cubos. Lo que no se podía retirar se amontonó, y uno de esos montones es hoy la colina más alta de Berlín.

Una ciudad cortada por la mitad

Los vencedores dividieron Berlín en cuatro sectores y en 1948 Stalin intentó dejar sin comida a los occidentales: cerró las carreteras y el ferrocarril. Occidente respondió con un puente aéreo que abasteció por aire a dos millones de personas durante casi un año. En los mejores días aterrizaba un avión cada minuto y medio.

El muro llegó en la noche del 13 de agosto de 1961 y estuvo en pie veintiocho años. No separaba Alemania de Alemania: rodeaba entero el Berlín occidental, que quedó así como una isla en medio de un Estado ajeno. Medía más de ciento cincuenta kilómetros.

Pobre pero sexy

El 9 de noviembre de 1989 el muro se abrió por una rueda de prensa, cuando Günter Schabowski anunció de forma confusa unas normas nuevas y respondió que entraban en vigor de inmediato; después ya no fue fácil dar marcha atrás. Un año más tarde Alemania volvía a ser una, y en 1991 Berlín recuperó la condición de capital en una votación ajustada: 338 votos contra 320.

Empezó una de las mayores obras de la Europa de posguerra: Potsdamer Platz, donde hasta entonces había un descampado, el gobierno, la estación. El dinero, en cambio, no llegó. Berlín sigue siendo la única capital europea más pobre que la mayoría de las regiones de su propio país, y en 2003 el alcalde lo resumió con unas palabras que se convirtieron en eslogan turístico: pobre pero sexy.