🦅 Historia de Estados Unidos
Del error de Colón a Silicon Valley: quinientos años en veinte minutos de lectura.
Imagina un país donde una vez se preparó té directamente en el océano, donde los presidentes llevaban documentos de Estado importantes en el sombrero para no perderlos, y donde un día la gente sencillamente decidió que ya estaba harta de obedecer a un rey al que nunca había visto y que estaba a miles de kilómetros, al otro lado de un charco muy grande. ¡Bienvenido a América!
Hoy nos vamos de viaje largo, salvaje y a ratos completamente increíble por la historia de los Estados Unidos. Olvídate de las listas aburridas de fechas que marean. Vamos a ver cómo fue de verdad, con todos los ridículos, las ideas geniales y los giros brutales que dieron forma a esta superpotencia. Abróchate el cinturón: empezamos hace unos quinientos años.
Capítulo 1: El gran error geográfico, o cómo Colón (no) descubrió América
Corre el año 1492. En Europa lo que está de moda es la pimienta, la canela y la seda de Asia. El problema es que las rutas terrestres hacia Oriente son peligrosas y caras. El navegante italiano Cristóbal Colón consigue dinero de la reina española para un plan descabellado: «Si la Tierra es redonda, llegaré a la India navegando siempre hacia el oeste». Era un plan excelente, con un pequeño defecto. Colón no sospechaba que en su camino se interponía un continente enorme y sin cartografiar.
Cuando su tripulación avistó tierra por fin tras semanas de travesía (una isla del Caribe), Colón desembarcó solemnemente y proclamó: «¡Estamos en la India!». Por eso empezó a llamar indios a los habitantes del lugar. Y aunque allí no encontró ni una plantación de pimienta, hasta su muerte en 1506 estuvo firmemente convencido de haber alcanzado Asia. Que se trataba de un «Nuevo Mundo» entero lo comprendió otro navegante, Américo Vespucio. Y como Américo escribía algo mejor las cartas sobre sus viajes, el nuevo continente acabó llevando su nombre: América. A Cristóbal le quedaron Colombia y unos cuantos nombres de ciudades.
Además es cierto que Colón no fue ni de lejos el primer europeo en América. Ya hacia el año 1000 llegaron allí en sus barcos de madera los vikingos, al mando de Leif Eriksson. Vivieron un tiempo, se pelearon con los locales y se marcharon de vuelta sin contárselo a nadie en Europa. Y por supuesto no podemos olvidar a los propios pueblos indígenas. Llevaban allí milenios, habían construido ciudades asombrosas y no tenían la menor sensación de necesitar que los «descubriera» un italiano despistado con una brújula.
Capítulo 2: Peregrinos, maíz y el primer Día de Acción de Gracias
En cuanto corrió por Europa la voz de que en América había mucha tierra libre (a la gente que ya vivía allí nadie le preguntó), las potencias europeas empezaron a acudir: españoles, franceses, neerlandeses y sobre todo ingleses. Inglaterra fundó en la costa este trece colonias, una tras otra.
Uno de los grupos de colonos más famosos fueron los Peregrinos. Era gente a la que no le gustaba cómo se practicaba la religión en Inglaterra y quería vivir a su manera. En 1620 embarcaron en un navío llamado Mayflower y cruzaron un Atlántico embravecido. La travesía fue espantosa, todos vomitaban, el barco hacía agua, pero al final llegaron a la costa del actual Massachusetts, donde fundaron la colonia de Plymouth.
Solo que el momento no pudo ser peor. Llegaron al empezar el invierno. No tenían casas decentes, las provisiones se agotaban y estallaron las enfermedades. Durante el primer invierno murió la mitad de los Peregrinos. Cuando ya parecía que la colonia no sobreviviría, aparecieron los wampanoag. Uno de ellos, Squanto, hablaba inglés sorprendentemente bien (años antes lo habían secuestrado unos marineros ingleses, así que el mundo es de verdad pequeño). Squanto y los suyos enseñaron a los Peregrinos lo que les salvó el pellejo: cómo cultivar el maíz americano, dónde pescar y cómo convertir el pescado en abono.
Cuando en otoño de 1621 los Peregrinos recogieron su primera cosecha en condiciones, decidieron montar una fiesta enorme de tres días para dar gracias a Dios y a los wampanoag por haberlos salvado. Se asaron pavos salvajes y se comió calabaza, pescado y venado. Así nació el famoso Día de Acción de Gracias (Thanksgiving), que hoy en Estados Unidos es quizá más popular que la Navidad.
Y una historia más sobre ese pavo. Suele decirse que Benjamin Franklin quería que el pavo fuera el ave nacional en lugar del águila. En realidad nunca lo propuso oficialmente y nadie lo dejó en minoría: lo escribió en una carta privada a su hija, burlándose de que el águila del diseño del sello nacional parecía más bien un pavo. Eso sí, aprovechó para añadir que el águila es un ladrón perezoso que roba el pescado a otras aves, mientras que el pavo es un poco vanidoso pero valiente. Al final ganó el águila, y el pavo acaba en el horno cada noviembre.
Capítulo 3: El motín del té de Boston, o cuando un rey aprieta demasiado
Pasaron otros ciento cincuenta años. Los colonos se habían convertido en americanos orgullosos. Vivían bastante bien, cultivaban tabaco y algodón, comerciaban, y en el fondo no necesitaban a un rey británico sentado en Londres. Pero el rey Jorge III tenía problemas de dinero. Había librado una guerra larga y cara contra los franceses (que, por cierto, también se desarrolló en América) y su tesorería estaba vacía.
Al rey se le ocurrió una idea «brillante»: «¡Que paguen esas guerras los americanos! ¡Les pondremos impuestos nuevos!». Y así Londres gravó en las colonias casi todo: papeles oficiales, periódicos, pintura, vidrio y sobre todo el té. Los americanos estaban furiosos. No era tanto por los peniques de más como por el principio. En el Parlamento británico no había ni un solo representante de América. De ahí el famoso lema: «¡Ningún impuesto sin representación!» (Es decir: si no podemos opinar sobre cómo se gobierna, no os pagamos impuestos.)
La tensión estalló el 16 de diciembre de 1773 en Boston. Al puerto llegaron tres barcos británicos cargados de té caro. Unos patriotas locales que se hacían llamar Hijos de la Libertad optaron por una acción radical. Se disfrazaron (con poca maña) de indios, abordaron los barcos de noche, reventaron a hachazos 342 cajones enormes de té y lo tiraron todo al mar. Ahogaron más de cuarenta toneladas de té, que hoy valdrían millones. El episodio sigue llamándose el motín del té de Boston (Boston Tea Party). Los peces de la bahía seguramente tuvieron un chute de cafeína, y el rey Jorge III mandó un ejército a América para pacificar a los rebeldes. La guerra estaba a un paso.
Capítulo 4: El nacimiento de una superpotencia
La guerra de Independencia empezó en 1775. De un lado estaba el ejército británico: soldados profesionales con casacas de un rojo brillante (los llamaban casacas rojas), los mejor entrenados del mundo. Del otro estaban los americanos, granjeros, cazadores y carpinteros que a menudo no tenían ni botas decentes, mucho menos uniformes. Al frente de este ejército aficionado se puso George Washington.
Sobre Washington circulan muchos mitos. Por ejemplo, que tenía dientes postizos de madera. En realidad sufría dolores de muelas terribles y al final de su vida le quedaba un único incisivo propio. Pero su dentadura no era de madera, sino tallada en marfil de hipopótamo y hueso de vaca, y también llevaba dientes humanos, varios de ellos comprados a personas a las que él mismo esclavizaba. Debía de ser extremadamente incómoda, lo que explica que George no sonría en ningún retrato.
Mientras Washington luchaba en el barro y la helada, en Filadelfia se reunieron las cabezas más brillantes de América (entre ellas Thomas Jefferson y Benjamin Franklin). Se sentaron a una mesa y en el verano de 1776 redactaron y aprobaron la Declaración de Independencia. En ella anunciaron al mundo que las trece colonias ya no pertenecían a Gran Bretaña, sino que fundaban un país nuevo: los Estados Unidos de América. El día en que la aprobaron los americanos lo celebran como su mayor fiesta, con toneladas de fuegos artificiales y barbacoa, y esa fecha la encontrarás grabada en la tabla que sostiene cierta dama verde en el puerto de Nueva York.
Ganar la guerra costó todavía varios años. Al final ayudaron mucho a los americanos los franceses, que detestaban sinceramente a los británicos y disfrutaban fastidiándolos. En 1783 los británicos reconocieron la derrota y América fue libre. George Washington fue elegido primer presidente y era tan popular que podría haberse hecho rey si hubiera querido. Se negó, porque de reyes los americanos estaban hasta el gorro. Tras ocho años en el cargo se volvió por su propia voluntad a cultivar la tierra, y así fundó la tradición de que un presidente gobierna dos mandatos como mucho.
Capítulo 5: Cómo un país pequeño se hizo gigante (y cómo lo sufrieron los indígenas)
Al principio Estados Unidos era solo una franja estrecha de tierra junto al Atlántico. Pero los americanos tenían mucha hambre de tierra nueva y empezó una migración masiva hacia el oeste. ¿Y cómo consiguieron esa tierra? A veces sencillamente la compraron por cuatro perras. En 1803, por ejemplo, le compraron al emperador francés Napoleón un territorio inmenso llamado Luisiana. Napoleón necesitaba con urgencia dinero para sus guerras en Europa, así que vendió a América un pedazo de tierra que duplicaba el tamaño del país por solo quince millones de dólares. Fue la mejor operación inmobiliaria de la historia.
Más tarde le compraron Alaska a Rusia. Entonces todos pensaron que el secretario Seward se había vuelto loco por gastarse más de siete millones de dólares en «una nevera gigante llena de osos». Luego se encontró oro y petróleo en Alaska, y los críticos se callaron.
La cara triste y oscura de este crecimiento fue el destino de los pueblos indígenas. El gobierno americano firmaba tratados con las tribus y los incumplía sin cesar, a medida que los colonos blancos empujaban hacia el oeste. En 1830 el presidente Andrew Jackson firmó la ley de expulsión de los indios. Decenas de miles de personas de naciones como los cherokee tuvieron que dejar sus casas y caminar miles de kilómetros hasta reservas secas en Oklahoma. A ese camino se le llama el Sendero de Lágrimas, porque durante el trayecto murieron miles de hambre, frío y agotamiento.
Capítulo 6: El Norte contra el Sur, o Lincoln y su archivador andante
Hacia 1860 América tenía un problema interno enorme que estuvo a punto de destruirla. El país estaba dividido económicamente en dos. El Norte era moderno, lleno de fábricas, ferrocarriles y ciudades. Allí la esclavitud estaba prohibida. El Sur era agrícola: plantaciones inmensas de algodón y tabaco en las que trabajaban en condiciones inhumanas millones de personas negras esclavizadas y traídas de África. Los sureños sostenían que sin esclavos su economía se hundiría.
En 1860 ganó las elecciones presidenciales Abraham Lincoln. Lincoln era un tipo increíble. Nacido en una cabaña de troncos pobre, aprendió solo a leer y llegó a abogado. Medía casi dos metros y llevaba una icónica chistera alta. Aquel sombrero no era solo adorno: Lincoln guardaba dentro cartas importantes, notas y documentos de Estado. Si iba por la calle y se cruzaba con alguien importante, se quitaba el sombrero, rebuscaba y sacaba el papel necesario. El primer archivador portátil.
Lincoln no ocultaba que consideraba la esclavitud un mal moral. Los estados del sur temieron que les quitara los esclavos y anunciaron que se salían de Estados Unidos para fundar su propio país, la Confederación. Lincoln declaró que el país no podía romperse y estalló la Guerra Civil estadounidense, el conflicto más sangriento en suelo americano.
Al principio ganaba el Sur, porque tenía mejores generales (el famoso Robert E. Lee, entre otros). Pero el Norte tenía más dinero, más gente y sobre todo fábricas de armas. En 1863 Lincoln emitió una proclamación que liberaba a todos los esclavos del Sur. Miles de soldados negros entraron entonces en la guerra y lucharon por su propia libertad. En julio de 1863 la enorme batalla de Gettysburg dio la vuelta definitiva a la contienda. En 1865 el Sur capituló. Se abolió la esclavitud y Estados Unidos siguió entero, pero solo unos días después el país sufrió una tragedia: a Lincoln lo mató de un tiro en un teatro de Washington un actor sureño fanático, John Wilkes Booth.
Capítulo 7: El Salvaje Oeste, la fiebre del oro y las historias de saloon
Tras la Guerra Civil llegó la época que conoces por el cine: el Salvaje Oeste. Por todas partes andaban vaqueros, sheriffs y bandidos como Billy the Kid o Jesse James, y se construyó una línea transcontinental que por fin unió las dos costas.
¿Y por qué se lanzaba la gente a ese oeste peligroso? Muy a menudo por el oro. En 1848 un carpintero encontró en un arroyo de California unas piedrecillas amarillas y brillantes. La noticia corrió y en 1849 estalló la primera gran fiebre del oro. Miles de personas —por el año se les llamó los Forty-Niners— dejaron sus trabajos, vendieron sus casas y corrieron a California con la esperanza de hacerse ricas. La mayoría, claro, no encontró nada y acabó en la pobreza; los que de verdad ganaron dinero fueron los que les vendían palas, comida y licor caro en los saloons. Por cierto, fue justo entonces cuando un tal Levi Strauss empezó a coser para los buscadores unos pantalones durísimos de lona con remaches de metal, y así vinieron al mundo los primeros vaqueros, muy posiblemente los que llevas puestos mientras lees esto.
Los vaqueros del oeste no eran en realidad héroes románticos que se pasaban el día disparando. Era un trabajo durísimo y sucio. Su tarea principal era llevar rebaños enormes de vacas cientos de kilómetros por la pradera hasta el punto de carga más cercano. Tardaban meses, dormían en el suelo a la intemperie, comían alubias una y otra vez, y su mayor peligro no eran los tiroteos, sino una desbandada del rebaño que podía pisotearlos.
Capítulo 8: La era de los inventos y los rascacielos
En el cambio de siglo, América se convirtió en un cohete industrial. La gente se mudaba del campo a la ciudad y al país llegaban millones de inmigrantes de Europa (muchos checos entre ellos) buscando su «sueño americano». Cuando los barcos de emigrantes entraban en el puerto de Nueva York, lo primero que los recibía era una estatua verde enorme, regalo de Francia a Estados Unidos.
Fue una era de cerebros geniales. Thomas Alva Edison, en sus laboratorios de Nueva Jersey, perfeccionó la bombilla, inventó el fonógrafo y muchas cosas más. Se cuenta que, antes de dar con el material que no se quemara al instante dentro de una bombilla, probó miles de callejones sin salida (incluida la barba chamuscada de su ayudante). Cuando le preguntaron si esos miles de fracasos no lo habían desanimado, respondió: «No fueron fracasos. Simplemente he descubierto con éxito diez mil maneras que no funcionan».
Otro hombre que cambió el mundo fue Henry Ford. No inventó ni el automóvil ni la cadena de montaje: las líneas móviles ya se usaban en los mataderos de Chicago, de donde tomó prestada la idea. Lo que sí inventó fue usarlas para fabricar coches. Hasta entonces los coches se hacían a mano y eran tan caros que solo se los permitían los millonarios. Ford puso a los obreros junto a una cinta donde cada uno hacía todo el día un solo movimiento (apretar un tornillo, por ejemplo). La producción de su famoso Modelo T se aceleró y abarató tanto que cualquier americano corriente podía comprarse uno. Ford tenía un sentido peculiar del marketing y decía: «Puede tener un coche de cualquier color, siempre que sea negro». (El negro secaba más rápido y por tanto no frenaba la cinta.)
Como en los centros de las grandes ciudades había poco sitio y el suelo costaba una fortuna, a los arquitectos se les ocurrió una idea: «Si no podemos construir a lo ancho, construiremos hacia el cielo». Gracias al ascensor seguro y al acero barato empezaron a crecer los primeros rascacielos. América empezó a parecer sacada del futuro.
Capítulo 9: Las guerras mundiales y la era de los gánsteres con Al Capone
Cuando en 1914 estalló en Europa la Primera Guerra Mundial, América dijo al principio: «Ese es vuestro problema, nosotros no nos metemos». Pero los submarinos alemanes empezaron a hundir barcos mercantes americanos, y así en 1917 Estados Unidos entró en la guerra y ayudó a terminarla deprisa.
Después de la guerra llegaron los locos años veinte. La gente quería bailar jazz y divertirse. El gobierno, sin embargo, cometió un error y aprobó la ley seca: prohibición total de la venta y la producción de alcohol. Creían que así curarían la delincuencia. El resultado fue exactamente el contrario. La gente no dejó de beber; simplemente el licor pasó a fabricarse en destilerías clandestinas y a contrabandearse. En ese mercado negro los gánsteres se hicieron fabulosamente ricos. El más famoso fue Al Capone, en Chicago. Tenía un ejército privado con ametralladoras, sobornaba a la policía y a los políticos y se deshacía de la competencia. La policía no podía con él porque nadie quería declarar. Al final lo pillaron no por asesinato, sino por no pagar impuestos por sus ganancias ilegales. Acabó en la famosa cárcel de Alcatraz.
En 1929 se acabó la fiesta. Estalló una burbuja enorme en la bolsa de Nueva York, las acciones perdieron su valor y empezó la Gran Depresión. La gente perdió sus ahorros, las fábricas cerraron y millones de personas hacían colas interminables para un plato de sopa gratis. De la crisis sacó a América el presidente Franklin D. Roosevelt con su programa New Deal, en cuyo marco el Estado empleó a millones de personas construyendo presas, carreteras y puentes.
Roosevelt fue, por cierto, el único presidente que gobernó cuatro veces seguidas. La gente lo adoraba, aunque pasó la mayor parte de su mandato en silla de ruedas, paralizado por la polio: la prensa ayudó a ocultarlo al público para que América no pareciera débil. Fue él quien condujo a Estados Unidos por la Segunda Guerra Mundial. América entró después de que aviones japoneses atacaran sin previo aviso la flota estadounidense en el puerto de Pearl Harbor, en Hawái, el 7 de diciembre de 1941. América movilizó toda su industria y, junto con el primer ministro británico Winston Churchill y el dictador soviético Iósif Stalin, derrotó a Adolf Hitler. La guerra en el Pacífico la terminó Estados Unidos en agosto de 1945, al lanzar dos bombas atómicas recién desarrolladas sobre las ciudades japonesas de Hiroshima y Nagasaki.
Capítulo 10: La Guerra Fría y la carrera hacia la Luna
Tras la Segunda Guerra Mundial el mundo se dividió en dos bloques. De un lado los Estados Unidos democráticos, del otro la Unión Soviética comunista. Empezó la Guerra Fría. Se llamaba fría porque las dos superpotencias nunca lucharon directamente entre sí (con armas atómicas eso habría significado el fin del mundo), sino que competían sin cesar por quién tenía más cohetes, mejores espías y, sobre todo, quién conquistaba antes el espacio.
Esta carrera espacial la empezaron mejor los soviéticos. En 1957 lanzaron el primer satélite artificial, el Sputnik (solo pitaba, pero los americanos entraron en pánico), y en 1961 mandaron arriba al primer ser humano, Yuri Gagarin. El presidente John F. Kennedy proclamó entonces un objetivo ambicioso: «Antes de que acabe esta década llevaremos a un hombre a la Luna y lo traeremos de vuelta sano y salvo». Todos pensaron que se había vuelto loco, porque por entonces Estados Unidos no tenía ni siquiera un cohete decente.
Pero la NASA se puso a trabajar. El 20 de julio de 1969, millones de personas siguieron en televisores en blanco y negro por todo el mundo cómo el módulo de descenso del Apolo 11 se posaba en la superficie de la Luna, en el Mar de la Tranquilidad. Neil Armstrong salió, bajó por la escalerilla y fue el primer ser humano de la historia en dejar la huella de su bota en el polvo lunar. Al hacerlo pronunció la frase que recuerda el mundo entero: «Es un pequeño paso para el hombre, pero un gran salto para la humanidad». Junto con Buzz Aldrin clavó allí una bandera estadounidense (reforzada con alambre para que colgara en el vacío) y recogió un saco de rocas lunares. Con eso los americanos ganaron definitivamente la carrera espacial.
Capítulo 11: Tengo un sueño, o la lucha por los derechos civiles
Mientras América brillaba en el espacio, en casa seguía teniendo una mancha profunda e injusta. Aunque la esclavitud había terminado en 1865, las personas negras de muchos estados (sobre todo en el Sur) seguían sin tener los mismos derechos que las blancas. Allí regían las leyes de segregación. Eso significaba que las personas negras no podían ir a las mismas escuelas, restaurantes, hoteles ni servicios públicos, y en los autobuses debían sentarse solo detrás. Si los asientos delanteros, reservados a los blancos, estaban llenos, una persona negra tenía que levantarse y ceder el sitio.
Todo empezó a cambiar en 1955 en Montgomery, Alabama. Una costurera llamada Rosa Parks se sentó en un autobús tras un largo día de trabajo. Cuando el conductor le pidió que se levantara y dejara el sitio a un pasajero blanco, dijo tranquilamente: «No». La policía la detuvo por ello. Aquel acto aparentemente pequeño desencadenó protestas enormes. La población negra de Montgomery empezó a boicotear los autobuses: durante un año prefirieron ir andando antes que pagar a una empresa que los trataba como basura. La compañía de transporte quedó al borde de la quiebra y las normas tuvieron que cambiar.
Al frente de este movimiento por los derechos civiles se puso un joven predicador, Martin Luther King Jr. King admiraba al líder indio Gandhi y defendía el principio de que la injusticia debe combatirse sin violencia: mediante manifestaciones, boicots y discursos. En 1963 encabezó una marcha enorme sobre Washington, donde pronunció ante 250.000 personas su discurso más famoso, que empieza con las palabras «I have a dream…» (Tengo un sueño…). Soñaba con que sus cuatro hijos pequeños vivieran algún día en un país donde no se los juzgara por el color de su piel, sino por su carácter. King recibió el Premio Nobel de la Paz por su lucha, pero, como Lincoln, acabó trágicamente: en 1968 lo mató a tiros un asesino en Memphis. Aun así su sueño se cumplió: las leyes cambiaron, se abolió la segregación y en 2008 los americanos eligieron a Barack Obama como su primer presidente negro.
Capítulo 12: Bienvenido a la era digital
En las últimas décadas del siglo XX América se convirtió en el centro de una revolución tecnológica. En un valle californiano al que hoy se llama Silicon Valley, unos chavales empezaron a montar en garajes cosas que cambiaron por completo cómo vives, aprendes y te diviertes hoy.
Steve Jobs, con su amigo Steve Wozniak, montó el primer ordenador Apple en el garaje de los padres de Jobs. Un poco más allá, Bill Gates levantaba Microsoft. Y a finales de los noventa dos estudiantes de la Universidad de Stanford, Larry Page y Sergey Brin, idearon el buscador sin el cual hoy no encontrarías ni una receta de tortitas: Google. En resumen, América dio al mundo los ordenadores personales, internet, los teléfonos inteligentes, las redes sociales y el streaming.
Hoy Estados Unidos es un país lleno de contradicciones. Tiene un Hollywood enorme del que salen tus películas y superhéroes favoritos, tiene astronautas que planean un viaje a Marte y a la vez se enfrenta a un montón de problemas modernos. Desde trece colonias pequeñas y pobres que temían a un rey enfadado en Londres, Estados Unidos ha recorrido un camino increíble, a ratos sangriento y a ratos bastante loco. Y esto es todo de nuestra historia de Estados Unidos: ¡ahora ya sabes cómo nació el mundo de hoy!
Un pequeño concurso para acabar
¿Crees que has estado atento? Pon a prueba tus neuronas históricas con este concurso rápido. Las respuestas correctas están justo debajo, ¡pero no mires antes!
1. ¿Qué ave elogió Benjamin Franklin a costa del águila?
a) El ganso salvaje — b) El pavo — c) La paloma
2. ¿Dónde guardaba el presidente Abraham Lincoln documentos y cartas importantes?
a) En un cajón secreto de la bota — b) En su sombrero alto — c) Debajo de la almohada
3. ¿Qué pasó durante el famoso motín del té de Boston?
a) Los americanos invitaron al rey británico a tomar el té. — b) Vecinos de Boston disfrazados de indios tiraron al mar cajones de té. — c) En Boston se inventó el té helado.
4. ¿Qué inventor famoso probó a usar hasta la barba de su ayudante en su bombilla?
a) Henry Ford — b) Albert Einstein — c) Thomas Alva Edison
5. ¿Cómo se llamaba el barco en el que los Peregrinos llegaron a América en 1620?
a) Titanic — b) Mayflower — c) Santa María
Respuestas: 1b (sí, el pavo), 2b (su sombrero era en realidad un archivador andante), 3b (los peces tuvieron aquel día su dosis de cafeína), 4c (Edison probó de verdad con todo), 5b (Mayflower).